13 feb. 2008

PRESENTACIÓN DE LA UNIDAD DIDÁCTICA ANTE TRIBUNAL (I)

Cualquier persona será y se sentirá de manera diferente dependiendo de las personas con las que esté. Así pues, no es lo mismo estar con tu familia, que con tus amigos, que ante unos desconocidos. Unas veces somos más tímidos, otras más extrovertido, estamos nerviosos o relajados, nos quedamos en blanco o somo muy ocurrentes, etc. Esto es extrapolable al ámbito del profesor que se encontrará más o menos cómodo dependiendo del tipo de público que se encuentre enfrente. No es lo mismo exponer para tus alumnos que para un tribunal profesional que debe de evaluar tus cualidades como docente.

Todo ello, respecto de la preparación para exponer en público, se puede trabajar y aprender a ser correcto y acertado al realizar un discurso ante una audiencia. Por ello, pretendo recoger en unos pocos post aquellas cuestiones que os pueden. Ahí van.




Miedo Oratorio

Nuestro sistema nervioso está preparado pare enfrentar situaciones difíciles, de una manera siempre igual, estereotipada y comparable, tanto sea en una circunstancia de peligro físico, como de stress emocional importante. El factor de mayor valor, responsable de todas las reacciones, es una rápida descarga de adrenalina que liberan las glándulas suprarrenales, y que como primera manifestación física, acelera e! pulso, eleva la presión arterial y libera glucosa proporcionando una fuente de energía adicional de la que en el acto pueda disponerse. Esta reacción es normal y necesaria. Si no la tuviéramos frente a una emergencia tendríamos una marcada inferioridad de condiciones físicas.

El cuerpo no entiende la diferencia entre exigencias intelectuales, emocionales y físicas. Cada vez que el cerebro transmite una exigencia, se produce una descarga de adrenalina que prepara a todo el organismo pare la emergencia. Alerta es la palabra. Cada sistema, cada órgano, cada célula, está dispuesta a rendir el máximo de su potencial.

Los psicoanalistas distinguen claramente el miedo de la angustia. El primero consiste en una reacción normal frente a un peligro que realmente existe, mientras que la angustia se refiere al miedo sin objeto real. Es absolutamente necesario conocer nuestras sensaciones para poder comprenderlas y dominarlas. No nos equivoquemos, eso que sentimos al enfrentar un auditorio es miedo. No es angustia. Es sólo el miedo natural normal que debemos sentir frente a una situación de stress emocional. Es el miedo saludable de asumir un compromiso en el que se juegan muchas cosas: nuestro prestigio y la responsabilidad de quien nos ha invitado. Es miedo respetuoso del auditorio que nos escucha. Es miedo digno de una empresa que se nos ha confiado, y que merece este alerta que nos impone nuestro cuerpo. El miedo profesional es el que padece toda persona en el momento que afronta la realidad de su profesión.

Es normal que le tiemble la mano al cirujano cuando comienza una operación difícil; es normal y saludable que nuestro pulso se acelere y nuestra boca se seque cuando afrontamos el compromiso de hablar en público responsablemente. Seguro que a medida que se concentren en lo suyo se afirman las manos del y se serene el pulso del orador ni bien note que lo escuchan con atención, que lo que dice tiene sentido, que está volcando sin contratiempos lo que preparó con esmero y dedicación para ese día.

EL ORADOR Y SU PERSONALIDAD

1. El factor más importante de una conferencia es el orador
2. Nunca se excuse
3. Cuidado con la gracia
4. La mirada, complemento indispensable
5. Poner en juego el silencio

La psicología afirma la premisa de que la personalidad contribuye más que la inteligencia al éxito y a la felicidad en la vida. Para hablar bien en público afirma Ander Egg son necesarias dos condiciones básicas:
a) tener una personalidad bien definida: la propia identidad personal es la exigencia fundamental para la comunicación de un mensaje;
b) estar preparado en el tema que quiere trasmitirse.


La tarea de hacernos creadores implica necesariamente afianzarnos en nuestro estilo personal, fortalecerlo y mejorarlo. Pero no cambiarlo. En oratoria, la imitación es suicidio.

Creemos que la capacidad de hablar en público es una equilibrada combinación entre lo innato y lo adquirido. No se puede negar que ciertas cualidades o dones naturales facilitan la tarea de quien se propone aprender a hablar en público; pero no es menos cierto que esas cualidades pueden cultivarse con esfuerzo y dedicación. La historia y nuestra vida moderna constituyen elocuentes ejemplos de esta realidad que ya no se cuestiona. Cualquiera sea la condición natural que se tenga, es posible aprender a hablar en público. Basta proponérselo con seriedad, y dedicarle tiempo y preocupación. Tiene plena vigencia el pensamiento que el romano Quintiliano dejó definitivamente establecido en una frase inmortal: "El orador se hace, el poeta nace". Alguna vez leí esta frase de Paul Meyer y la copié, sin pensar que podría reproducirla hoy a propósito de nuestro tema: "Todo lo que vívidamente imaginemos, ardientemente deseemos, sinceramente creamos y entusiastamente emprendamos... inevitablemente sucederá".

Antes de hablar debe hacerse una cuidadosa inspección, y resolver cuál es el mejor lugar desde donde hacerlo. La luz debe darnos sobre la cara. El público quiere ver bien al orador. y si es posible de cuerpo entero. Las minúsculas alteraciones de nuestro rostro, son una parte muy importante del proceso de la expresión. Sin lugar a dudas la parte visible de un mensaje es, por lo menos, tan importante como la audible. La comunicación no verbal es más que un simple sistema de señales emocionales, y no puede separarse de la comunicación verbal. Ambas están estrechamente vinculadas entre sí. La vista y el oído están integrados en el mensaje que quiere transmitirse. Y quien lo recibe, conciente o inconscientemente, integra las sensaciones y las interpreta mediante lo que se ha dado en llamar un "sexto sentido".

El orador tiene que ser el centro de atención. Es muy frecuente ver que el temor al auditorio nos lleve en principio a pretender escondemos detrás de una mesa, un atril, una lámpara. ¿Se dan cuenta ahora de todo lo que está perdiéndose? No menos que la mitad de nula posibilidad de trasmitir nuestro mensaje. Albert Mehrabian, un estudioso de la comunicación no verbal, llega a la siguiente conclusión: "El impacto total de un mensaje es verbal en un 7%, 38% vocal (tono, matices, y otros sonidos) y 55% es no verbal. No sólo debemos estar a la luz, de pie y sin nada que nos oculte, sino que en lo posible la atención del público no debe compartirla nada ni nadie. Tratemos de estar solos frente al auditorio. La suerte ya está echada. Porque quise, porque me lo propuse, acepté el desafío. Ahora no me oculto. Francamente me juego. El público así lo entiende. Y comienza por algo que es un punto a favor muy importante: nos respeta.

Ese respeto que comenzamos ganando, se pierde ante la primer palabra de excusa por parte del orador. Prohibido excusarse. Quizá debería decir mejor, prohibido tener motivos para excusarse. Si yo, como Ud., que estamos tan ocupados, hemos arreglado nuestros compromisos, hemos pospuesto quizá interesantes programas para venir a escuchar esta conferencia, no estamos dispuestos a disculpar a un orador que presenta sus excusas por lo que fuere. Si aceptó su compromiso, no tiene perdón que no haya sabido asumirlo.

Uno de los médicos de mi Servicio se excusó una vez frente al calificado público de un curso de post-grado diciendo: "... lo siento mucho, el libro más importante sobre este tema me llegó tarde. No tuve tiempo de preparar diapositivas, ni de armar una conferencia más prolija...".

Esto es lisa y llanamente una falta de respeto por el público y su tiempo. El orador ya perdió. Quiero irme. Ya no me interesa lo que nos diga. Muy distinto es si algo le pasa en el curso de una conferencia bien planeada, concientemente preparada. Si se equivoca o se olvida, no intente disimularlo u ocultarlo. Allí sí puede excusarse sin temor. Puede consultar sus notas sin pudor. El público es humano e inteligente. Seguro lo comprende, se identifica con Ud. y lo apoya con cariño.

Cuidado con la gracia.
Aquí no voy a decir nada que Ud. no sepa. Es más, de ese tema nadie sabe nada de lo que Ud. sabe. Ud. sabe si es capaz de hacer reír, si sus anécdotas resultan divertidas, si sus chistes son graciosos. Pregúnteselo ahora y conteste con honestidad. Si la respuesta es afirmativa, tiene ya una gran ventaja en el tema que nos ocupa. Su gracia natural puede ayudarlo mucho en su tarea de convertirse en orador.

Algunos de los textos de oratoria consultados, especialmente los de origen norteamericano, admiten como dogma que hay que iniciar una conferencia de cualquier tipo que sea con algo de humor que alivie la tensión inicial del orador y del auditorio. Es cierto, puede ser valioso, resultar simpático. Pero ¡cuidado! Tome conciencia de sus limitaciones. Pronunciar una frase cómica, contar una anécdota, introducir un comentario ingenuo en un tema serio, son situaciones muy arriesgadas para un orador que no sea gracioso por naturaleza. Y ser gracioso es un don. Se tiene o no se tiene. Y en consecuencia se usa o no se usa. No es un ingrediente necesario en una conferencia o un discurso. Es sólo un instrumento para aquellos que saben emplearlo. Quizá el ejemplo más claro de elocuencia didáctica, con la aplicación de su excelente humor y con el resultado más eficaz, lo haya encontrado en la práctica, en las conferencias del Dr. Carlos Bruguera. Sus clases de diagnóstico por imágenes difícilmente puedan olvidarse. Su mejor auxiliar es su gracia natural. Tanto mal haría Bruguera si no la usara, como aquél que pretendiera usarla cuando nunca la tuvo.

Y un último consejo. Es quizá al frente de una tribuna cuando más importa mantener el buen gusto y evitar alusiones políticas o religiosas. Si una historia está en el límite, debe rechazarse.

La mirada, complemento indispensable
El comportamiento ocular es quizá la forma más sutil del lenguaje corporal. Se trata de un idioma mudo que posee sus propias reglas gramaticales, innatas y adquiridas; un código descifrable incluso por los niños antes de tener la posibilidad de hablar. Los pediatras bien sabemos de la importancia que tiene la mirada de una madre a su hijo prematuro en la incubadora, de una madre a su niño durante la lactancia. Allí se juega mucho más que un momento, de ese encuentro tan íntimo en la relación madre-hijo depende muchas veces la salud física y el equilibrio emocional futuro de un hombre. Desde nuestra primera infancia aprendemos inconscientemente a emitir y recibir mensajes con la vista. A través de los ojos, el individuo puede transmitir actitudes y sentimientos. Su mirada forma parte del vocabulario expresivo por medio del cual revela su propia personalidad y su vida interior.

Dos animales cruzan la mirada y uno la desvía, confirman el lugar que a ambos le corresponde en la jerarquía de dominio. La mayor parte de los animales amenaza a sus enemigos cor los ojos. Por esta misma razón el apareamiento lo realizan con lo ojos cerrados, en una clara manifestación de que voluntariamente "bajan la guardia". En los seres humanos pasa algo similar. E] ejecutivo se considerará con derecho a mirar abiertamente a su secretaria, y esta al cadete. La persona arrogante y orgullosa mira a los demás de arriba hacia abajo. El inseguro, el humilde, el "acomplejado" mira tímidamente de abajo hacia arriba. El desinterés se demuestra con una mirada vaga e intranquila, lanzando breves vistazos furtivos de un lado a otro, denotando aburrimiento o falta de concentración. En la relación social es bien sabido la poca confianza que inspira la persona que no mira a los ojos. La mirada huidiza y evasiva es sinónimo de mentira e inseguridad. Una mirada franca y directa, por el contrario, es la señal más clara para expresar que se ha establecido contacto con el interlocutor, y que complace el encuentro.

Para el que habla en público es imprescindible que la mirada juegue el mismo papel que en la vida social. Cuando formamos parte de un auditorio nos sentimos ofendidos y casi insultados cuando el orador no levanta los ojos de sus papeles, o mire obstinadamente las cosas, e! techo, el pizarrón, etc., en lugar del auditorio. Hay que mirar al público sin cesar. Mirarlo a los ojos, con sencillez y normalidad, cambiando de interlocutor, nunca en forma demasiado fija, atemorizada o poco natural. Mirarlo como a un amigo. El auditorio no habla, pero en sus ojos anida toda una conversación. Es necesario aprender a escucharlo.

La observación visual de nuestro auditorio es un feed-back, un continuo vaivén. Ives Furet ("Saber hablar, en cualquier circunstancia") establece sobre ese tema una acertada comparación con la conducción de un automóvil: "La mirada juega en la expresión oral, el mismo papel que para el conductor de un automóvil. Ella es quien posibilita que nos demos cuenta cuando hay que acelerar o frenar, la que nos impone las señales y por su intermedio sabemos si estamos o no en la ruta acertada, que nos conduce al fin que buscamos."

Poner en juego el silencio
Primer silencio: el del comienzo.

Nunca debemos comenzar enseguida que se nos da la palabra. Esta quizá es la premisa que distingue de inmediato a un principiante de un orador experimentado. Si hay algún ruido o movimiento, espere que cese. La sala en silencio total. Observe a su público durante unos diez segundos. Mírelo a los ojos con actitud amable. Comience a hablar en voz baja.
En el curso de una conferencia es por e! silencio y en el silencio, el momento que el orador es más expresivo. El virtuoso del violín Isaac Stem, respondió a una pregunta sobre por que si todos los músicos profesionales sabían ejecutar las notas correctas en el orden correcto, no todos eran brillantes, diciendo: "Lo importante no son las notas, sino los intervalos que hay entre ellas." Los mejores oradores, como los mejores músicos, son los que conocen el valor de! silencio.


Continuará...

Os dejo con un enlace a una web que recoge información al respecto: Protocolo.org




Fuente: Di Bartolo, I. Cómo hablar en público.